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CABO VERDE, CARIBE AFRICANO A RITMO DE “MORNA”.

Quince islas volcánicas en medio del OCÉANO ATLÁNTICO, y solo nueve habitadas. Un pequeño cofre de tesoros a 500 kilómetros de la Costa senegalesa. 

Paisajes de contrastes, de mar y desierto, de dunas y rutas selváticas, de increíbles fondos marinos y extraños volcanes. Un país insular con doble personalidad, europea y africana, y una pareja de hecho entre su habla portuguesa, la oficial, y el idioma nacional, el criollo caboverdiano. Cabo Verde es sensualidad a ritmo de “morna”, la música de los trovadores que cantan al amor y la tierra. Una danza sinuosa sobre fondo de playas idílicas y naturaleza salvaje.  

El Caribe africano.

Hace más de cinco siglos, los colonizadores portugueses descubrieron unas islas deshabitadas, con un clima muy agradable. La temperatura no baja de los 20 grados y su naturaleza resulta extasiante. Las playas caboverdianas no pueden envidiar a ninguna otra en el mundo. 

Santa María, con su arena blanca y sus impresionantes tonalidades de mar, azul transparente, ocupa ocho kilómetros de la isla de Sal, una de las más famosas de la República. Es la zona de los resorts, también de los restaurantes, bares, pubs y toda la animada vida nocturna que se despliega en sus terrazas al aire libre con estupenda música local en directo. El mítico Calema, el Buddy o el Bikini Beach Club, una discoteca en el mar, amenizan las noches de jornadas de sol, playa, relax y comida, con la “morna” como banda sonora habitual. Una combinación muy veraniega que se disfruta, aún más, durante el invierno.

El icono de Santa María es Pontao, un pequeño muelle desde el que parten todas las embarcaciones. El lugar en el que el día nace con la pesca, y continúa con la venta de las capturas y los juegos de los niños. Vida local que completa un maravilloso descubrimiento de vida bajo el agua con peces tropicales, corales de fuego o tortugas marinas. Inmensas mantarrayas, de hasta siete metros de ancho y dos toneladas de peso, nadan alrededor de la Isla de Sal, e incluso se dejan ver durante algunas de las inmersiones “Chouclass”.  

Unas aguas que difícilmente bajan de los 22º, a lo largo de todo el año, hacen de las inmersiones de buceo una de las experiencias más gratificantes de los mares. El Océano Atlántico, que rodea el archipiélago, protege a los tiburones nodriza en cuevas como “Regola”. Tiburones tigre, tiburones ballena, tiburones gato y numerosas tortugas caguamas han hecho de Cabo Verde la tercera reserva más grande del mundo. Boa Vista es una de las islas preferidas para el desove de las tortugas y la Bahía es un mirador privilegiado.

Los volcanes de Brava compiten con los casi tres mil metros del volcán Pico do Fogo, que convierten a la isla Fogo en la más alta de Cabo Verde. En su costa oeste, en Sao Filipe, una visión única sorprende con una playa de color negro; arena volcánica a la que se atribuyen poderes curativos por su alto contenido en yodo y titanio. Una maravilla visual que no ofrece un baño agradable sino peligroso, debido a sus fuertes corrientes marinas. El color negro está salpicado de verde en las laderas del volcán, en las que abundan los cultivos de vides y café.

También en la isla de Santiago, la playa Ribeira da Prata ofrece un rincón de relajante arena negra y laderas de verde salvaje. Santiago guarda en su Cidade Velha (Antigua Ribeira Grande) la ciudad más antigua de Cabo Verde. El mismo lugar en el que comenzó la historia del archipiélago, hace más de quinientos años. En el camino hasta el centro de la urbe, se encuentra el castillo construido en honor a Felipe II, rey de España y también de Portugal en aquellos momentos. 

La Fortaleza Real de Sao Felipe, su nombre original, fue construida en el siglo XVI para proteger la ciudad de los ataques de piratas tan famosos como el destructivo Sir Francis Drake. Posiblemente, el único patrimonio histórico de una isla que vivió su máximo esplendor  en los tiempos en los que Cidade Velha, la ciudad vieja, servía como punto de abastecimiento de esclavos para el comercio trasatlántico entre África y América. 

La plaza aún conserva el Pelourinho, la terrible picota de castigo. Una columna gótica de mármol blanco rematada por el símbolo de los navegantes, la esfera armilar, y una cruz. Todo un vestigio de unos dolorosos orígenes históricos, ya olvidados. 

La morabeza, en criollo, hace referencia a la agradable hospitalidad de los isleños de Cabo Verde. Su carácter parece marcado por su música, un género propio que armoniza todo el país. Las melodías muestran la diversidad musical de una población con orígenes diferentes.  

Sus canciones melancólicas, su sentimiento de “saudade”, son una seña de identidad de la cultura caboverdiana. Ese sentimiento se respira en Sao Vicente, el centro cultural del archipiélago, donde late el corazón de la tradición criolla. Esta tierra de músicos, poetas y artistas vio nacer en Mindelo, el centro cosmopolita del archipiélago, a aquella “Diva del pie descalzo”. La cantante Cesária Évora, la voz que deleitó al mundo con el arrullo de las “mornas”.

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